Blog - Nunca estamos solas

Tatuajes del alma

Tenía 35 años. Y todavía era la otra, la que ya no es. Tenía 35 años. Y ya había encontrado a mi compañero de vida. Tenía 35 años. Y faltaba enamorarse hasta la locura dos veces más, antes de asumirlo como tal. Tenía 35 años. Y me hice mi primer tatuaje. Tenía 35 años cuando todavía no había empezado la Vida. Tenía 35 años y estaba atravesando la noche más oscura, donde daba igual vivir que morir.

Entonces… mis tatuajes son parte de mi cuerpo. Reflejo de mi alma. Mapas de mi existencia grabados en piel con tinta y sangre. Testigos de que Luz mediante, la pulsión de vida pudo más.

Son cuatro. Todos están a la vista, porque nunca los busqué disimular. Elegidos por intuición, miles de horas después los pude comprender y respetar. Son esencia pura del salto de fe.

El primero fue en la mano izquierda. La del corazón. Un sol entrelazado con una luna. Cada vez que miro mi mano recuerdo los aromas de los bosques anochecidos caminados antes de entrever un amanecer. Supe de la traición. De la vileza. Del Poder del hombre en detrimento del amor. Supe que te arrancaran el fruto de tus entrañas. Y aprendí… que nada ni nadie nos pertenece. Que el poder que se tiene sobre nosotros es el que entregamos por miedo. Que la contracara de la traición es el amor no correspondido. Y que la vileza es una condición del alma que a nadie le es ajena. Que cada ser humano tiene derecho a vivir como elige, con quien elige, y a gestar camino por su propio andar.

El segundo tatuaje fue un delfín en el cuello, del lado izquierdo. El animal evolucionado y divino que salva al hombre acercándolo a la orilla cuando se está ahogando. El que canaliza y contacta con otros planos. El que presenció la desaparición de la Atlántida. Mi amado delfín, dando alma a mi voz, cuidando mi garganta. Me recojo el pelo y disfruto de su retozo feliz sobre mi cuerpo.

El tercero fue el Dios Anubis, poderoso protector cubriéndome las espaldas. Honrado e invocado por mis labios en cada apertura de Registros. Guardián de las puertas dimensionales, cabeza de sus veinte guerreros, me cubre como un sol y me acompaña.

El cuarto, en mi pierna derecha. Justo sobre mi pie. La llave de Isis, la cruz de Ankh, la Anzata, la llave de la Vida. La que me abre camino cuando doy un paso. La que abre los Registros y corre el velo. El símbolo de la Diosa en su versión ancestral. La que encarna el comienzo y el final, lo que soy y lo que creo (de creer y crear).

Y alguien cantaba “soy lo que soy, no tengo que dar excusas por eso. A nadie hago mal, el sol sale igual, para mí y para ellos”.

Cuando sale para mí, la plegaria de agradecimiento sale de cada poro, de cada célula, de cada lágrima vertida, de cada orgasmo, de cada dolor lacerante, de cada día.

Y amo que ese mismo Sol caliente el alma tanto de quien casi me mató, como del que me tendió la mano y me salvó. Porque si no fuera que existen la noche y el día, los amaneceres y atardeceres no me colmarían.

Por estar viva para compartir cada día haciendo lo que amo, tanto a quien le leo los Registros como con quiénes me encuentro en esta página.

GRACIAS GRACIAS GRACIAS

Simone Seija Paseyro
Lectora de Registros Akásicos

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