Blog - Nunca estamos solas

No lo quiero hacer esperar.

Tiene sentido estar vivos. El sol brilló durante todo el día, y pude caminar y sacar fotos. Vivaldi en mis oídos todo el tiempo. El italiano llegó a mi vida disfrazado de dos mandolinas condecorando un documental de ese Amazonas empobrecido que me tocó ver en estos tiempos. Subo rocas, entro al faro, donde llevo a cargar el celular y después me voy a hablar con la Chela. A gestionar ese su pan delicioso, crujiente, único. Me asomo a su ventana, y allí está ella, fumando su tabaco, revolviendo el guiso.

– ¡¡Vino al fin!! ¡¡En invierno!!
– ¡¡Al fin Chela, al fin estoy acá!!

Después de tantos años, de tantos diciembres desembarcando en la plaza, de mi llegar cada invierno y pasar a saludarla religiosamente. Después de tantas mañanas y tardes entrando en su cocina, llevándome sus panes, dejando el dinero en ese lugar que todos los que la queremos, sabemos. Después de todo este tiempo, me gané el derecho, el honor, de sentarme en el banco donde come cuando va a verla su hijo Joselo. En el lugar donde vi algunas mujeres, pocas, sentadas con su tejido de chismes, en tardes de vientos sin sol. Su tosco afecto lo demuestra, además, prendiendo su horno para crear esos manjares del cielo en forma de luna creciente, cosa que hace para los elegidos, después que se van los últimos turistas en marzo y ya le representa un costo y no una ganancia, encender su llama.

Cuando pienso en las mujeres del Cabo, las imagino dentro de sus casas, junto a sus fuegos, inventando y desdoblándose en mil ellas para armar puzzles de vida a sus hijos. A esos niños que no llegan ni a una decena, y que van a la escuela sólo cuando la maestra del Chuy se viene a pasar la semana entera en el Polonio.

Pienso en cada una de esas mujeres que siento encerradas. En sus hombres que cuando pueden salen al mar a pescar, y en invierno viven de changas. Y sin embargo, ayer, al poner pie en tierra llegando de Montevideo, vi a una caminando por el pueblo. Tenía el pelo suelto y un tapado largo, abierto pese al frío cortante. Hay mujeres hermosas y con rescoldos internos en todos los lugares del mundo. Esta avanzaba con trancos decididos, no miraba a los costados y yo pensaba que podía estar caminando en cualquier ciudad de la tierra, con esa su belleza indómita que no vi, presentí, porque sin lentes, de lejos, no veo nada.

Mii cabeza gira y gira en torno a todas y cada una de esas mujeres que viven el aquí, el ahora. Porque subsistir es imperioso. Porque tienen claras cuales son las reglas: calor, comida, ojos secos. Por el viento. Por la sal. Porque es mejor que las lágrimas no caigan sobre las ropas que lavan con manos enrojecidas. Porque si ellas se quiebran todo alrededor caería junto con sus huesos. Las visualizo como burbujeantes ollas de guisos de lentejas: sabrosas, rasposas, reconstituyentes, encebolladas y sin embargo, infinitamente femeninas y coquetas. Como Andrea, la de ojos verdes y pelo encaracolado que combina los buzos con sus pupilas. O Lali, la que recorre el lugar con sus tacos («corridos, lógicamente», me aclaró Ubaldino, muy serio, «sino no podría ni caminar, figúrate tu»).

Estoy en casa, y casa es cada lugar donde logre recrear lo que hoy siento. Y salgo de nuevo a hollar sus no caminos, porque el Polonio me está llamando a gritos, y yo, que sé lo que es que las entrañas griten por algo, no lo quiero hacer esperar.

Nunca estamos solas!

Simone Seija Paseyro
Lectora de Registros Akasicos

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