Blog - Nunca estamos solas

MUCHO MÁS QUE UN VESTIDO DE NOVIA…

El vestido corto, color crudo. con la espalda al aire, confeccionado con una tela buscada con amor, diseñada con ilusión, era en sí mismo un acto de fe.

Antes de irme de luna de miel se lo dí a mi madre. ¿Quién mejor que ella para ponerlo en condiciones y guardarlo?

Cuando volví se lo pedí varias veces y le daba vueltas al asunto. Hasta que me dijo que en la tintorería lo habían perdido. Me enojé mucho. ¿Cómo podía ser?

Pasaron 15 años. Estábamos sentadas en silencio, mirando el paisaje de la Angostura cuando me dijo…

– Simone, tengo algo para decirte. No te enojes.
– ¿Qué, mamá?
– ¿Te acordás del vestido de novia, el del casamiento con Mauro?
– Sí, el único vestido de novia, madre, porque fue la única vez que me casé por iglesia. La primera me vestí de negro porque vos te empeñaste en que aquello era un velorio, y la tercera fui de pescadoras.
– Bueno, ¿te acordás que te dije que lo perdieron en la tintorería?
– Si
– En realidad, no fue así. Yo vi que la tela era fuerte…
– Era cruní mamá. Todo de cruní. Me había salido un ojo de la cara.
– Bueno, parecía fuerte. Entonces lo puse en la lavadora.

A esas alturas yo la miraba pálida. Muy pálida. No me vi. Pero adentro de mí estaba pálida, así que afuera debía estar color cera de vela blanca.

– ¿Achicó?
– No… (se puso a reír con nerviosismo). No me di cuenta y lo puse a lavar con un buzo rojo y quedó todo manchado.

Mi madre es una mujer que lava las cortinas de su casa en la bañera para que no se estropeen, por lo cual no pude regalarle la inconsciencia de su acto.

Nuestra sociedad patriarcal nos pone la bondad como premisa. La mujer buena como ideal. La madre como el ser que todo lo hace por nuestro bien, que más allá de todo nos ama, y que por encima de otros seres humanos, es confiable. No miente. Es recta.

La madre no es una mujer, es la madre. Mamita… qué peso para los hijos. Y qué arnés para las pobres madres.

Quince años después me hizo el mejor regalo de su vida: ser humana. Ser mujer. Ser mentirosa. Ser no confiable. Sus traumas referidos a su sexualidad y la mía. Su deseo oculto de asesinar todo acto que me llevara lejos de ella, a su ser mujer, a mi ser mujer sexual y apasionada. Su terror a equivocarse. Su parte oscura. Tan oscura.

Y entonces la quise. La quise como nunca la había podido querer antes, por la enorme cantidad de esfuerzo puesto en arruinarse la vida y arruinármela. Sin saberlo. Sin perdonarse. Sin darse cuenta. Ahí, con el vestido ensangrentado, con ese secreto que nos había mantenido prisioneras, entre nosotras, en el acto psicomágico más fuerte que jamás hubiera logrado imaginar… me liberé. La liberé. Y liberé a mi hija y las hijas de mis hijas… Gracias. Gracias. Gracias

Bendiciones!

Simone Seija Paseyro
Lectora de Registros Akásicos

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