Blog - Nunca estamos solas

Hoy al levantarme te miré…

Hoy al levantarme te miré. Con el pelo revuelto y los ojos dormidos. Inmerso en la ceremonia de abrir las ventanas desnudo, prender la fuente de agua, pelar la fruta, cebar el primer mate.

Te di un baño matinal que te llenó de espuma de pies a cabeza, para luego ungirte en óleos y destilados.

Te vestí. Y mientras el vestido iba tomando tu forma, miré con cariño tu única cicatriz.

Te alimenté. Te envolví en música. Y luego te agradecí, palmo por palmo, mientras te regaba con agua de verbena.

Agradecí a los pies que te llevaron por los caminos del alma. Y por los otros.

A tus piernas que supieron correr para huir, y para volver al hogar, quebrarse en dos, arrodilladas, luego tomar fuerzas para levantarse y seguir.

A tus caderas y a tu sexo disfrutado y disfrutable. Su entrega, su goce, su placer.

A tu vientre que albergó la magia de la vida.

A tu corazón tantas veces roto, rearmado, reformulado.

A tus pechos que alimentaron tu cría y que campearon sueltos sin sostén hasta que la profesión los encorsetó tanto como a mi vida.

A tu boca generosa, de sonrisa contagiosa, de donde salen besos y palabras.

A tu garganta que silenció la muerte viva, que aulló la impotencia, gimió el placer y encontró finalmente la nota exacta de un canto reconciliado con la existencia.

A tu nariz que solo huele la menta, pero que aplicada sobre las sienes de cualquiera con quien entrelaces las piernas olfatea los recovecos más escondidos.

A tus ojos que van de la miel al verde que te quiero verde que se te hace cuando lloras ausencias, dolores, emociones. Ahítos de agua fresca y pura del manantial del alma.
Esos que ven lo que aman, leen lo que les apasiona, admiran la belleza en todas sus formas, la del mar, la de la luna, la del instante perfecto.

A tus manos que escriben historias no inventadas y se callan las fábulas. Porque hace mucho que decidieron que no hay ficción que supere la riqueza de una vida bien narrada.

A tu columna vertebral del sentimiento de estar vivo.

A tu cuello doblegado ante el espanto, y también para elevar plegarias aparentemente no escuchadas, pero vaya que lo eran…

Hoy te miré y te agradecí por la historia compartida.
Por la generosidad de seguir latiendo cuando creí que el pulso había desaparecido.
Por haberme perdonado los descuidos, los olvidos, el darte por sentado.
Por haber permitido que las manos de los hombres que te amaron sacaran los mejores arpegios, sonatas, conciertos y melodías inconclusas.

Te sentí propio. Más propio que nada. Y sin embargo, me albergas sólo en esta vida. Por eso renuevo los votos de una fidelidad que tantas veces no te tuve.

Porque sos mi cuerpo, y sin ti mi hoy no tendría posibilidad ni sentido. Te amo tal como eres, así, imperfectamente mío.

Bendiciones infinitas!

Simone Seija Paseyro
Lectora de Registros Akasicos

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