Blog - Nunca estamos solas

Heredarás mi sangre

Ese aire frío que entra por las ventanas en invierno en la casa de mi abuela, para mí, es una tortura incomprensible. En pleno julio, cuando había helada en la mañana que te congelaba cuando ibas al colegio, la abuela abría las ventanas. La familia decía que eran “cosas de la abuela”. Poco afecta ni a explicarlas, ni a cambiarlas.
Me decía que cuando tuviera mi lugar, iba a cerrar las ventanas.
Es de madrugada y estoy acostada . El ventanal del cuarto abierto de par en par. El ruido de las olas se escucha con tan nítido, que el primer día me levanté para asegurarme . En mi casa anterior, entre el agua y yo había más distancia. Sólo ciertas noches, el mar entraba a casa.
Acá lo escucho como si me lamiera los pies. El último sonido al dormirme, el primero al abrir los ojos.
Cuando tenía siete años y estaba toda tomada por los libros de piratas de Emilio Salgari, una tarde, en la escollera Sarandí, mientras mis padres discutían , me puse a hablar con el agua. Y dramática trágica pirateril, dije “Yo moriré en el mar”. El Corsario Negro estaría orgulloso de mí, debo haber pensado.
Sacándole la tragedia, para las buenas mar, para las malas también.
No hay como sentarse en las rocas a mirar el agua cuando querés llorar. O amar. O recordar. U olvidar. O estar.
Ya hace años que soy nieta de mi abuela. Mientras mi madre cierra a cal y canto todo, invierno y verano, en casa, invierno y verano, abro todo. Amo cubrirme con acolchados gruesos mientras siento el frío en la cara. Me da brisas de libertad.
Y caí en la cuenta que no me gusta negociar. Ni estoy en edad de renunciar a lo que me llena de vida. Así que si alguien comparte mi cama en invierno, que se venga abrigadito. Porque en la noche, como en el día, las ventanas están abiertas, libres, llenas de mar.
Lo bueno de crecer es que empezás a tener claras las cosas aparentemente poco importantes que hacen que tu vida sea una celebración íntima cada mañana, cada tarde, cada noche.
Merecemos amores que vuelen con nosotras.

Simone Seija
La Psi que leo Registros Akásicos

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