Blog - Nunca estamos solas

Era una noche sin luna, desangelada…

Era una noche sin luna, desangelada. Habíamos llegado al Cabo en la tarde. Hecho las compras. Prendido la estufa. Descorchado el vino. Y aunque estaba helado, decidimos salir a caminar atravesando el Polonio.

El rancho de Buscaglia nos recibía una vez más. Y para mí era como sentir la magia del encuentro de esos músicos. Respirar el aire helado, encontrarme con sus pedazos de creatividad feliz entre los muebles medio desvencijados.

Cerramos la puerta intentando que coincidieran las junturas y nos largamos a caminar, sin ver donde poníamos los pies. Primero el sonido silencioso del pasto. Después la cadencia mullida del camino. Cruzamos al costado del rancho de Chela, soñando con sus panes. Y al comenzar a subir por el terreno escarpado, los pies se encontraron pisando algo diferente.

– ¿Tenés la linterna por ahí? ¿qué estamos pisando?
– Esperá un poco que no enciende, me parece que tiene las pilas flojas.

Cuando el haz de luz cortó la noche, los vimos. Sapos.

Cientos y cientos. Rodeándonos por todos lados porque habíamos avanzado rápido pisándolos sin saber. Estaba por llover y estaban fuera de sus escondites. Y ahí me enteré que el les tenía fobia. En el momento en que literalmente se me trepó, algo materialmente casi imposible. Teniendo en cuenta que mido 1 metro 60 y el 30 cm más.

– ¿Qué estás haciendo?
– No puedo respirar. Les tengo fobia. Por favor, por favor, por favor…

Me inventé lenguas que no existen mientras mentalmente repasaba el libro de psicopatología en el capítulo fobias. Para finalmente tirarlo por la ventana de mi cabeza y concentrarme en el presente. Que era cuanto menos complicado. Porque ni avanzábamos, ni retrocedíamos. Un poco como su vida, digamos.

– Escucháme, ¿confiás en mí?
– Si. Hacé algo, hacé algo, hacé algo.
– Comenzá a moverte, apoyáte en mí, no mires para abajo y quedáte tranquilo que voy a ir por las rocas lo más que pueda.

No hay milagro de amor mayor que confiar en el otro. Que entregarle el mando. Que apoyarse cuando algo nos sobrepasa. Qué canción podría haber escrito Buscaglia sobre el Polonio en ese momento…acerca de los instantes en que nos sentimos morir y no vemos la salida. Y entonces una mano se acerca, nos sostiene y nos movemos de los lugares que nos aterrorizan.

Esa noche recorrimos caminos insospechados, buscando escapar de los sapos. Imaginarios y reales. Y cuando por fin llegamos al rancho y caímos en la cama exhaustos, me abrazó como pocas veces en nuestra historia.

– Gracias. Creí que me moría de miedo.
– No te vas a morir de miedo. No mientras yo esté viva.

Bendiciones infinitas. Que nunca estemos solas. Que siempre haya una mano extendida. Que tengamos el coraje de tomarla. Y de soltarla en el instante perfecto para seguir caminando erguidas.

Simone Seija Paseyro
Lectora de Registros Akásicos

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