Blog - Nunca estamos solas

En definitiva pasa por saber qué queremos y qué no queremos

Llevada por un ansia de cambio hogareño, caigo, sin saberlo, en un día especial para una de las casas importantes en el ramo mueblería, colchones y todos esos elementos. El día de los discontinuados.

Detrás de ese amplio y abstracto concepto parecen nuclearse variedad de sentidos. En mi ingenuidad le atribuí el que más me favorecía, como hacemos todos los seres humanos ante cualquier palabra que no nos queda muy clara en su alcance. Por eso creí, al entrar al local, que iba a tener variedad, calidad y un súper precio. Encontré todo eso, pero nuevamente no tenía que ver con lo que me servía creer que eran variedad, calidad y súper precio.

Salgo a la calle, llueve a baldes. Desvencijada emocionalmente tras recorrer durante dos horas galpones que se goteaban, con acumulación de mercadería fallada y unos carteles de monedas en dólares, pensé en la carga que le ponemos las personas a las palabras. Me parece escuchar a la profesora de Antropología Filosófica, en su seminario “Experiencia artística y juego”. Dice algo como “El concepto del amor nació con Shakespeare”. Sonamos.

¿Antes de Shakespeare que había? ¿Entre las parejas, qué había? ¿Entre padres e hijos? ¿Entre amigos? Mi sensación con las obras de Willy siempre fue: mucho cuerno, demasiados muertos al final, equívocos de comunicación que redundan en desgracias colosales, algo de esoterismo, algún tipo enamorado de la madre, un híper celoso, un frustrado porque la mujer le daba 17 vueltas en todos los sentidos…nada que no siga habiendo hoy, digo yo.

Pero parece que el querido William inventó, llenó, colmó, el concepto de amor. Sin embargo, y que me disculpe la profesora, para mí, igualito que con los discontinuados, le seguimos poniendo adentro lo que nos viene mejor. De ahí que coexistan tantas formas de relación amorosa: las eternas, las fieles, las adúlteras, las que tienen libreta, las que se pasan la libreta por donde no da el sol, las que se expresan libremente, las que se callan toda la vida y tantas más. Dentro de esas relaciones, además, están quiénes las juegan y practican: los que gozan, los que sufren, los que no saben lo que es un orgasmo, los que los tienen múltiples, los que culpan, los que se sienten culpables, los que engañan, los engañados, las víctimas y los victimarios.

Una variedad tan amplia que escapa a las posibilidades de imaginación. Chapoteo entre los charcos, renovando mi promesa de que es la última vez que voy a Avenida Italia y la próxima me embriago en las mueblerías de la calle Rivera. Me doy cuenta de la importancia de tener claros los sentidos que le damos a los conceptos, antes de embarcarnos en procelosas aventuras de sábados al mediodía perdidos en ese atrabanco de madera y plumas, o de tirarnos de cabeza a relaciones amorosas sin tener ni idea de qué les vamos a poner dentro.

Algunos le pondrán respeto, otros rutina, quien no cambio constante, aquellas un hombre que se parta de cantidad de plata y pinta, las otras un volado con veta artística que se bañe poco y curta el Polonio.

En definitiva, pasa por saber qué queremos, y qué no queremos. Con eso nos ahorramos un tiempo Divino. Que podemos dedicar a disfrutar de lo que ya está claro que nos colma. Con la puerta entreabierta a lo nuevo. Porque no reniego del colchón espectacular que compré ahí y que tantas alegrías me trajo. Pero saber qué buscamos, en donde y cuando, aliviana. El arte del concepto y el momento. Y William… ¡por siempre salud!

Bendiciones infinitas! Nunca estamos solas!

Simone Seija Paseyro
Lectora de Registros Akásicos

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