Blog - Nunca estamos solas

De vez en cuando es bueno volver a los lugares donde nos enamoramos.

Por eso cuando atravieso su puerta es como sentir que entro a un lugar mágico, donde lo imposible, fue posible.
Ser estudiante en la Facultad de Psicología, la pública, fue un privilegio y una alegría de vida.

Todavía recuerdo el miedo, las dudas, mis prejuicios. Mis conceptos de “no estoy para perder el tiempo”, ni para “hacer amistades”. Todavía recuerdo el disfraz de escribana, mi idea de que los trabajos en grupo eran una pérdida de tiempo. Todavía recuerdo…

Todavía recuerdo las primeras personas especiales, con un mismo sentido del humor y de ver el mundo. Las horas ganadas en el patio tomando mate y descubriendo vida, mientras íbamos llegando y arrimándonos al fogón hasta que comenzara la clase. Todavía recuerdo…

Todavía recuerdo los abrazos gozosos. Las salidas a tomar algo. Las reuniones en mi casa a estudiar, hablar, gozar, reir.
Todavía recuerdo cuando me di cuenta que la vida me estaba dando una oportunidad irrepetible. La de ser feliz estudiando lo que amo. La de compartir con gente tan querible. La de aprender de quiénes tenían la mitad de mis años y el doble de mi sabiduría.

Todavía recuerdo haberme enamorado. Habérmelo permitido. De haberlo compartido.

Todavía recuerdo los bailes de bienvenida a la generación entrante. Las horas de charla en la Tortuguita. Las caminatas eternas con el Colorado mezcla de filósofo y trota ciudades. La lucha con autores que me abrían la cabeza. Escuchar a docentes que amaban lo que hacían. El miedo a las materias que me eran desconocidas. Los saltos al vacío…siempre en compañía.

Todavía recuerdo. Recuerdo comprender que a trabajar con otros se aprende trabajando en uno mismo. Calentando sillón frente a quien nos guía y por transitiva, aprendemos a guiar.
Todavía recuerdo la alegría profunda cuando entendía un concepto que me era esquivo. Mi cara de dormida llegando tarde a clase después de esas noches de buen amor. La cara de mi amiga esperando los martes, para irnos de charla en ese puente eterno. Todavía recuerdo.

Subo las escaleras. Recuerdo las corridas. Siento en la piel los encuentros. Las risas. Los llantos. El festejo cuando nos fuimos recibiendo. La emoción de esperar un resultado.

Soy de las que crecí pensando que estudiar era un deber, una meta, un fin. Nunca un comienzo. Nunca placer. Nunca amor. Nunca celebración salvo cuando se cerraba el proceso.

Pero aquí aprendí que cada día podía ser especial y así elegí vivirlo. Fue la primera vez que sentí en carne propia que se camina mejor acompañado. Y que los buenos encuentros permanecen en el ánimo. Y en la vida. Para siempre.

Bendiciones infinitas… porque nunca estamos solas…

Simone Seija Paseyro
Lectora de Registros Akásicos

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