Blog - Nunca estamos solas

Amores de agosto

Llegamos al Polonio. La noche había caído de golpe, el frío de agosto entró en los huesos. A tientas por la Norte, mis pies tanteando de memoria el sendero.

Entramos a lo de Lujambio, saludamos (“Ya volvieron muchachos, con este frío”) y comenzamos a comprar con calma. Algo pasó por tu cabeza. Uno de esos pensamientos turbios que te atormentaban. Diste media vuelta y te hundiste en la noche, sin conocer el camino, sin linterna, sin luna.
Te busqué entre las formas oscuras de los ranchos. Grité tu nombre mil veces.

Te imaginé. Cuerpo de hombre con un niño dentro. Sentí tu miedo como un aliento helado.

Entonces te vi. Yendo de sur a norte cuando el buen camino era de oeste a este. Corrí hundiéndome en la arena. Apavorado, desconcertado, obcecado. No me veías. No te veía. No veías nada.

Te toqué la mano despacio. Como a un animal malherido. Giraste y me abrazaste con tanta fuerza, que volaron las velas, el vino, el queso, el pan, el agua. Con la fuerza que te abrazan cuando te confunden con un faro en la oscuridad.

Recogimos las cosas en silencio. Me pasaste el brazo por la cintura y resolviste de un plumazo dejar de pelear con los veinte años de diferencia, con el parentesco lejano. Conocerme el camino de memoria y mi amor infinito eran un exorcismo contra tu vacío existencial.

En el rancho, encendimos las velas, prendimos el fuego y brindamos por ser náufragos de tantas vidas que nos trajeron a la orilla de esta, simplemente para recorrer un trecho. El que fuera-

Que cuando estemos perdidas sepamos encontrar el camino aunque sea a tientas.
Que no se nos olvide lo que se siente respirar sal al lado de un amor.
Que las reglas no nos coman el goce, y que estar vivas valga la alegría. Para atravesar las penas.

Merecemos.

Escrito por Simone Seija
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